UN CUENTO DE TERROR

Por Yolanda González

Hace poco tiempo en una reunión de amigas, donde se habla mucho de todo y se termina con nada, se le ocurrió decir no sé a quién, posiblemente a alguna de las amigas ya aburridas de tanto chachalaqueo (palabra utilizada para echarle las culpa a las chachalacas de hablar mucho sin sentido y no aceptarlo): ¿qué les parece contar cuentos de terror?; y dijo yo inicio.

Todo empieza en una galaxia muy lejana llamada A Terra donde el desarrollo urbano está en manos de cientifistas, mentalistas y seres llenos de ideas sin sentido, cuya finalidad es tener en espacios más reducidos a los habitantes.

Yo, dispersa como soy, me distraje pensando que la palabra desarrollo se refiere a ciclos y que entonces desarrollo urbano tenía ciclos de maternal, niñez, adolescencia, adultez y muerte y que ojalá nuestra sociedad no llegara al último ciclo pues somos nosotros los adultos los responsables de ella y de darle vida constantemente.

Un grito unánime de terror me hizo regresar mi atención a la reunión. Mi amiga refiería cómo el desarrollo requería cortar árboles indiscriminadamente para realizar planchas de cemento, tirar casas antiguas para construir en su lugar horrendos cubos de mezcla sin sentido estético, justo, solidario.

Yo estaba aterrada de que eso llegara a suceder en Xalapa. Menos mal que era en una galaxia lejana, comentó alguna de nosotras. Nuestra amiga, que para ese momento yo la quería ahorcar por su maldad, dijo que lo que prevalecía eran los intereses económicos de un grupo poderoso que ejercía el control sobre los habitantes de A Terra sin importarles los espacios de juego de los niños y las áreas verdes vitales para el ser humano.

En ese acto malvado se dedicaron a cortar árboles, dejaron a la galaxia sin pulmones de oxígeno y donde había un instituto ecológico tiraron árboles para construir bloques de cemento verde. Todas gritamos ¡basta!, ¡no puede ser!, ¡para ya! Pero ella, ya encarrilada, prosiguió como si nada. Inhalábamos y exhalábamos lentamente con la finalidad de evitar un paro cardiaco.

Describió cómo la galaxia perdió paulatinamente su identidad, belleza y el grupo monstruoso, obstinado en acabar con la galaxia, se fue sobre las banquetas y avenidas tratando de reconstruirlas para hacerlas más anchas. Para poder terminar nos pidió fuerza y en caso de que alguna se sintiera verdaderamente asustada se ausentara momentáneamente; todas nos quedamos.

Continuó con voz lúgubre que planeaban reducir a un sólo carril las avenidas donde había dos y circulaban más de 300 autos por minuto y construir una ciclopista (con eso de los ciclos pensé que no era tan aterrador y posiblemente sirviera para verse mejor; por las dudas lo anoté en mi libreta de palabras domingueras o de moda); ella explicó que era para que pasaran bicicletas.

Bueno es un cuento, pensé tratando de calmarme, esto no pasará en Xalapa donde sólo se ven bicicletas en domingo y en la calle céntrica que baja del parque sólo pasa una los sábados, que es la del gelatinero quien aún vende gelatinas de pata y sabores de agua de colores muy brillantez.

Ya como corolario se refirió, creo que porque creyó que estaba perdiendo el temor del auditorio, que a un lado de la ciclopista iban a colocar bancas para que los galácticos se sentaran a ver qué marca de máquina los atropellaba, descansando plenamente antes de llegar al final.
En el cuento ese es el desarrollo humano, en la realidad el desarrollo urbano se planea y realiza en un acto humano con inteligencia, fuerza de voluntad, bondad y para el bienestar de todos lo que conforman la sociedad. Sé que el cuento les aterró como a mí. ¿Qué susto, verdad?

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