FIESTA DE LA CANDELARIA EN TLACOTALPAN

Por Rafael Campos

¿Cómo están? Yo de “pata de perro” por todo Veracruz, conociendo cada rincón donde las bellezas naturales, la buena comida y la hospitalidad propia de los veracruzanos nos esperan para deleitarnos y dejarnos recuerdos imborrables. Este mes tomé camino para Tlacotalpan, donde año con año se celebra la fiesta de la Candelaria con arcos multicolores que se abren como grandes cajas de resonancia para el sonido del requinto y las jaranas.
Si usted ha venido a Tlacotalpan sabrá que el 2 de febrero la Virgen de la Candelaria sólo escucha a los devotos que le rezan en verso. Muy de madrugada la Iglesia de la Candelaria abre sus puertas a un coro de ángeles, pescadores, jaraneros, versadores y devotos de la Virgen que navega el Río de las Mariposas.
Posteriormente, se inicia el Paseo de la Candelaria en el río: con devoción se afina la jarana y el requinto, y el son jarocho encuentra diferentes melodías para despertar una fe que nunca duerme. Con estos cantos inician las fiestas, después le ponen su manto y la virgen sale a bendecir las aguas del Papaloapan y a saludar a devotos, curiosos, nativos, turistas.
Pero además de los ritos devocionales, Tlacotalpan es sabor, galope y baile, ya que en su cultura se combina la alegría del aderezo de la plástica delirante y un pasado campesino y llanero de la estirpe del artista ganadero de la región.
En esta ciudad no sólo se escucha y se pasea, no sólo se navega y se retrata, sino que también se saborea… con el son y el zapateado aún resonando en el cuerpo. Tlacotalpan sabe a empanadillas de guayaba y a marquesotes; a torito que se bebe en la cantina legendaria donde cuelgan los retratos de Agustín Lara. Se come aderezando los tamales de masa con historias del puerto y de piratas ingleses, de haciendas, de caciques españoles, de asedios y asonadas.
Imposible resistirse a degustar mariscos y pescados del río, o a sustraerse de probar golosamente los jamoncillos de almendra o las naranjas llenas de coco.
Un mar de jinetes cabalga junto al río Papaloapan, es la imagen del jarocho llanero sonando los cascos sobre el pavimento, llegando a la Plaza y despojándose del sombrero a manera de caravana. Caballo que salta en los versos y sueño reparador del jinete que laza un toro, de preferencia, de limón, y ahora sí a disfrutar la mojiganga…
Ese cuerpo tiene dentro otro cuerpo, otro ser, otro humor… Personajes que desfilan entre el delirio y la capacidad divina de reírnos de nosotros mismos y si se puede de otros mejor.
La mojiganga se balancea, baila; es disfraz y tótem, es festejo y guasa; es una oportunidad de hacer pachanga en sentido irónico con aquello que nos pone fúricos.
Casi para finalizar el día, llega su majestad el fandango, con la homilía armónica del cedro convertido en jarana y en requinto, y las voces timbradas que bajan de los cerros para improvisar, todo dentro de un espectáculo que se puede prolongar hasta muy avanzada la madrugada.
La fiesta de la Candelaria se termina pero es imposible decir que Tlacotalpan se cierra. Sus arcadas quedan abiertas como medias lunas de asombro, como los ojos de la quinceañera que es. Tal vez Tlacotalpan tiene nombre de mujer porque espera… El Papaloapan comienza desde hoy a bordar sus holanes y la Virgen recupera su lugar en la capilla.
Me voy con la cosquilla de regresar muy pronto y con el gusto de haber oído todas las voces que tiene el cedro, de haber sentido a Veracruz desde sus entrañas.

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