ZAFRA

Por Oriana Jiménez

Yo tenía ocho años cuando mi padre compró un videoclub: Zafra. La perspectiva de este negocio era muy clara: se rentaba el llamado cine de arte. Ante la enorme proliferación de churros hollywoodenses y su consecuente dominio en la cartelera comercial hubo que crear un fuerte para que las buenas películas hechas con escaso presupuesto pudieran circular.
Zafra se hizo popular rápidamente y tres años después mi tía abrió su propio videoclub Zafra. Recuerdo que visitábamos a los distribuidores —sí, yo los acompañaba porque con el tiempo se supo que yo tenía buen gusto y que era muy necia— y, sin proponérnoslo, preguntábamos por lo que estaba escondido, títulos tan viejos o tan poco conocidos que incluso a veces estaban almacenados. Pero no se confundan, escogíamos películas que habían cambiado la historia del cine, no aquellas que solo se pueden tragar con palomitas.
Llegó Blockbuster a Xalapa que, como su nombre lo dice, solo rentaba éxitos comerciales. Tenía diez o más copias por cada estreno, Zafra llegaba a tener cinco o seis máximo. Mucha gente dijo que Zafra caería ante el gigante. No fue así, veinte años después Zafra permanece mientras que el Blockbuster se extinguió. La misión del videoclub Zafra sigue vigente: llevar a cada uno de ustedes historias únicas, no copias indiscriminadas de un mismo relato que cada vez se siente más hueco.
Puedo citar a varias generaciones de cineastas que crecimos bajo el reinado de Zafra: Boege, Cuarón, Bravo, etcétera. Miles de espectadores que encontramos nuestros sueños y pesadillas reflejados en las pantallas de nuestras casas.
Tal parece que los videoclubes ya no se consideran necesarios, pero lo son. Son tan importantes como las bibliotecas. Son imprescindibles para los niños, quienes desconocen los límites del mundo.
Posdata:
Gracias papá por hacerme necia, rebelde y despeinada.

Quejas y aclaraciones:
Tw: @schhhhht

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