JUVENAL GONZÁLEZ MORALES

Soy Juvenal González Morales, el quince de julio cumplí 89 años de edad y vivo rodeado de grandes recuerdos y satisfacciones. Déjenme presentarme: soy un artesano de tradiciones. Muchos dirán que “a estas alturas del partido” por qué ando en estas danzas y andanzas, dando talleres de catrinas, de altares, de mojigangas, de máscaras… pero a mí me sirve para recargarme y seguir adelante.
Provengo de una ciudad que es patrimonio del mundo, Tlacotalpan. No nací ahí, pero mi abuela paterna sí e insistió en que se me pusiera el nombre de mi abuelo. Me pasaba semanas, meses, las vacaciones de la primaria allá. Por eso me gusta la jarana, la música; por eso soy bailador. Nací en otro Pueblo Mágico, Coscomatepec; así que la magia me viene por varios lados.
Mi sueño era estudiar medicina. En aquel tiempo leía en el periódico acerca de un doctor muy famoso, Mario del Río, cirujano plástico, y yo decía: “¡híjole… qué interesante sería que si alguien tiene la nariz muy larga, o muchos cachetes, se le pudieran arreglar! Yo creo que ya desde ahí me venía lo de cambiar los rostros.
Un trágico accidente me impidió ingresar a la Facultad de Medicina de la UNAM, pues tres compañeros y un servidor íbamos hacia México para inscribirnos cuando volcamos y solo yo salvé la vida. Después de esto quería morirme; me decían que no podría volver a caminar, pero lo que me ayudó fue que desde chico practiqué natación y gracias a eso pude reponerme.
Pasé como un año en silla de ruedas, muletas, bastón… Estando en la Ciudad de México para mi recuperación, por la casa de mi familia en la calle Oaxaca de la colonia Roma, pasaban unas chicas muy bonitas, como de mi edad. Ellas me invitaron “para que no me aburriera” a que fuera al taller de su papá, un arquitecto de apellido Robledo, a hacer unas máscaras para el ballet de Amalia Hernández.
Como aprendiz comencé a trabajar con plastilina; eran unas máscaras gigantes de la Danza de los Viejitos. Ahí descubrí mi vocación y mi habilidad para transformar.
Me identifiqué al momento y fue cuando se despertó en mí la creatividad. De ahí han seguido años y años como artesano de tradiciones. A partir de entonces siempre le agradezco a la Virgen que me hay enseñado este camino. Por eso cuando me toca enseñarle a alguien que tiene una discapacidad jamás le cobro ni cinco centavos.
A lo largo de la vida he encontrado gente e instituciones que aprecian mi trabajo, mis máscaras, mis mojigangas y mis catrinas. Mi trabajo escenográfico se ha presentado en lugares tan dignos como el Festival Cervantino, la Guelaguetza, la Cumbre Tajín y con el Ballet de la Universidad Veracruzana.
He sido maestro de muchas generaciones. Me siento muy satisfecho de que he servido para que las tradiciones no se pierdan y mi más grande interés es que estas prosigan porque le dan identidad a un pueblo y a una nación.
Hoy en día, mi relación con la muerte es natural. Yo he hecho una muerte festiva, no una que espanta. Ahora que si hablamos de lo que me da temor, les digo francamente: no le tengo miedo a que se me aparezca un muerto… a lo que le temo es a que se me aparezca alguien que se quiera “pasar de vivo”.

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